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POESÍA

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Mi cuerpo / El Ángel Confitero / Duermete, mi Niño / La Familia / Al Niño Dios
Por obra del Espíritu Santo / El Sol vencido / Santa María / Siempre vienes



 
Mi cuerpo

  Escultura de huesos y tejido
de un alma inmortal cárcel oscura.
Clavicordio de fina contextura
donde resuenan todos los sentidos.

  Señor y siervo siempre unidos,
soporte de mi frágil aventura
que lleva por el mundo mi figura,
mis pasos vacilantes y afligidos.

  Ábaco fiel de edades compendiado,
anuncio de la nada repetido,
de polvo y barro por mi Dios fundido.

¡Cuánto te he amado y cuánto te he sufrido!
¡Hermano para mí tan hermanado,
no te vayas tan pronto de mi lado!

        Antonio Moxó Ruano

2 Cor 5, 6

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El Ángel Confitero

  De la gloria, volandero,
baja el ángel confitero.

  -¡Para ti, Virgen María,
y para ti, Carpintero
toda la confitería!

  -¿Y para Mí?

    -Para Tí
granitos de ajonjolí.

  A la gloria volandero,
sube el ángel confitero

        Rafael Alberti

Sal 149, 4

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Duermete, mi Niño

  ¡Duérmete mi niño infante;
duérmete mi niño Dios,
que mi ternura Te abrige
en esta noche de amor!
  Sonajero de la brisa,
botón azul de la aurora,
Niño de dulce sonrisa,
descansa en mi corazón.
  Los pañales de mi ensueño
hoy se visten de alegría,
para cubrirte, mi Niño,
en esta noche tan fría.
  ¡Duérmete mi niño infante;
duérmete mi niño Dios,
que mi ternura Te abrige
en esta noche de amor!

        Margarita Santíes Lavalle

Lc 2, 7

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La Familia

  En las historias de los viejos Dioses
la tragedia del hombre inaugura
con las infamias familiares. Dura
lección de sangre con sus negras voces

  Los caballos del día son veloces
testigos de la sombrea que se apura.
La luna de las noches, una oscura
distancia que se enfría en vanos goces

  Hasta en el viento bíblico Dios quiso
anudar la amistad de un paraíso
roto en el árbol donde el fruto gira.

  Debió esperar que el tiempo se aquietara
donde en un nuevo Adán se despertara
con los ojos de un Niño que nos mira

        Rogelio Barufaldi.

Hb 2, 11

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Al Niño Dios

  Niño-Amor que en tu pesebre
a los cielos enamoras,
deja que tus dos auroras
mi tambor infantil celebre

  Si el pastor te da su liebre
y, viéndola, ya no lloras;
si velando en altas horas
la estrella anuncia a su Orfebre,

  déjame que aquí en tu cuna
antes que lleguen los sabios,
te ofrezca un claro de luna.

  Y tú, que aromas la brisa
con alientos de tus labios,
dame un cielo en tu sonrisa.

        Francisco Donoso G.

Sal 149, 4

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Por Obra del Espíritu Santo

  La más blanca Paloma, que en la fuente
del sagrado Jordán baño segura
la honesta grana de boca pura,
mensajera del Sol resplandeciente;

  humillado del Líbano la frente,
y en sus cándidos pies la luna oscura,
éxtasis de los cielos su hermosura,
anida en Nazaret humildemente

  Cubrió su honestidad de blanco manto
el hombre hasta su edad mejor del suelo,
José virgen, pastor, su deudo santo.

  Ella al pecho de Dios alzando el vuelo
dio puerta al sol, a la tiniebla espanto,
al cielo tierra y a la tierra cielo.

        Lope de Vega

Mt 1, 18-20

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El Sol Vencido

  De una Virgen hermosa
celos tiene el sol,
porque vió en sus brazos
otro Sol mayor.

  Cuando del oriente
salió el sol dorado,
y otro Sol helado
miró tan ardiente,
quitó de la frente
la corona bella,
y a los pies de la Estrella
la Lumbre adoró,
porque vió en sus brazos
otro Sol mayor.

  - Hermosa María -,
dice el sol vencido:
- de vos ha nacido
el Sol que podía
dar al mundo el día
que ha deseado-.
Esto dijo humillado,
a María el sol,
porque vió en sus brazos
otro Sol mayor.

        Lopé de Vega

Lc 1, 78

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Santa María

  Estabas en el Cielo,
y estabas en mi carne.
Eras de Dios y flor,
de Eternidad y sangre.

  Estabas en mi vida,
y en la Vida del Padre;
nos repartimos ambos
tu dulzura inefable.

  Estabas en mis sueños
como un Ensueño aparte;
de mi tierra y tu Cielo
se enlazó tu donaire.

  ¡Hicimos firme el lazo
del Misterio insondable,
las dos manos de Dios,
mis dos manos de Madre!

       Juan Alberto de los Cármenes

Gal 4, 4

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Siempre vienes

  Que vienes, siempre vienes
como cada mañana viene el alba.
¡Ay, cuántas albas para mi deseo!
Una sola, Señor y me bastaba.

  Que vienes, siempre vienes
tan puntual como la primavera.
¡Ay, cuántas primaveras!¡Solo una
basta para saber cómo es su fiesta!

  Que vienes, siempre vienes
como el sueño entornado de la noche.
¡Y estos ojos abiertos sólo esperan
que tus piadosas manos lo entornen!

  Que vienes, siempre vienes
para encontrar cerrada nuestra puerta.
No llames más, Señor, cubre de acero
tus blandas manos como el viento y ¡entra!

        Rafael Alfaro, S.D.B.

Ap 3, 20

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